El Buquebus

cuaderno de bitácora de TARIFA RAK

Capítulo 6: Leo, Pablo y Vicente.

Estaba leyendo algunos posts en una página web de arte. Uno de ellos se titulaba: “Tus 3 artistas favoritos de cualquier disciplina del arte”. Respuesta automática: Leo, Pablo y Vicente.

En seguida me acordé de obras de artistas muy diferentes: Keith Haring, Rothko, Klimt, Kandinsky, Botero e incluso de los campos de Castilla de Oscar Bento. Hay muchos artistas que me gustan, ahora también increíbles fotógrafos y algunos artistas digitales.

Pero, ¿por qué me resulta diferente ese trío?. Sin duda, por su biografía. Leonardo por sus ideas fuera de época, Vicente por soportar la ceguera de los demás y Pablo por su fuerza arrolladora. Por supuesto, les elijo a los tres por su valentía.

Leo

Durante mi formación, Leo fue la base de mis inicios en dibujo: el trazo.

El lápiz. Recuerdo las tardes en el taller de Fernando Valdeón, en Santander. Iba después de clase. Yo tenía 13 o 14 años. Subía en ascensor hasta el tercer piso del edificio donde tenía su estudio y andando hasta el ático por unas escaleras de madera desgastadas. Cuando llegaba al estudio, la luz entraba por todas las habitaciones. Él, Fernando, quizá no se acuerde ya de mí. Éramos tres alumnos en aquella clase y de esto han pasado muchos años. Le encontré en una página web de arte hace algunas semanas, le escribí un email pero no me contestó. Quizá no utiliza el correo electrónico, o quizá no utiliza ese correo o quizá recibe muchos correos electrónicos y no ha contestado al que yo le envié. Todo es posible. No me extraña, porque yo también me registro en páginas de las que nunca vuelvo a saber nada y de las que ni siquiera recuerdo lo que allí metí, ni el usuario o el password.

El último dibujo que realicé en este estudio fue un retrato. Un día mis padres vinieron a hablar con el pintor al estudio. Fernando les enseñó mis dibujos para que vieran mi progreso. Uno de ellos estaba colgado en la pared, junto a los de los otros alumnos. Estaba arriba, al lado del dintel de la puerta de una de las habitaciones donde pintábamos. Era un dibujo a carboncillo. Mi primer carboncillo. Recuerdo sólo un detalle de esa visita: Fernando les dijo a mis padres que yo tenía el trazo como Picasso. Era un trazo fuerte y valiente, sin miedo; un dibujo con mucha fuerza, sin rasgos perdidos y con mucha luz. Una mirada dura y penetrante. Incluso a mí me resultaba dura esa mirada. Era el retrato de Pablo Ruiz Picasso.

Algún tiempo más tarde, cuando volvía al estudio, subí al ascensor hasta el tercer piso pero el ascensor no llegó. Antes de parar se cayó en picado descolgándose hacia abajo. No sé cómo, pulsé el botón rojo del cuadro de latón del viejo ascensor de tijera. El ascensor se paró entre el primero y el bajo, a unos 50 cm del tope. Grité. Salieron a ver qué ocurría. Me sacaron de allí entre varios. El ascensor se mantenía entre las dos plantas. Yo tenía miedo de que cayera y cortara mi cuerpo en dos pedazos. Ya me lo estaba imaginando. Siempre me imagino todo en mis películas.

A partir de entonces subía andando cada vez hasta que dejé de asistir a clase después de ese verano. Quienes me conocen saben que nunca subo en ascensor. La última hazaña fue subir a la planta 21 de la Torre de España en Madrid a pie para una entrevista. Cuando llegué arriba, estuve 15 minutos asomada a una ventana para recuperar mi ritmo normal de respiración.

Pablo

Formas y volúmenes.

El carboncillo me apasionaba: trazo, dedo, trazo, trapo, goma, desnudo, la academia de Arquitectura IB67, Potoco, mi entrada en la ETSI de Arquitectura de Madrid.

Curioso: acabo de encontrar la academia en internet. Academia IB67. Glorieta de Ruiz Jiménez, 5. Madrid-28015. Sigue ahí. Hace un par de años, me encontré a mi profesor de dibujo de la academia: Potoco. Potoco era un personaje. Era Rockabilly en tiempos de la movida madrileña. Tenía una chupa de cuero, botas de motero y un coche negro. Lo sé porque alguna vez me llevó a casa desde la academia. Él vivía por mi zona en las afueras de Madrid. Debe seguir viviendo por allí porque me lo encontré en un bar de copas de Majadahonda. No había cambiado nada. Seguía igual. Para mí era un ejemplo. Él quizá no lo sepa. Nunca se lo dije. Dibujaba de un sólo trazo y sus manos eran como las del mago sobre el papel: abracadabra y… ZAS! convertía el borrón en un cuerpo de mujer maravilloso, más bonito que el de la modelo que teníamos delante. “3 minutos”, decía. Y había que pintar la modelo en ese tiempo, escasísimo para nosotros. Éramos unos 10 o 12 alumnos de Análisis de Formas.

Picasso es la locura, el genio, la fuerza, el carácter, la firmeza, la búsqueda, la curiosidad, la energía. Hace poco estuve en el museo Picasso de Barcelona. Tenía muchas ganas de ir. Tenía poco tiempo y mucho que ver. Lo más genial de Picasso es que deja su firma en todas partes: en un mantel de papel, en una vasija de barro, en un lienzo, en una carta de restaurante… y lo convierte en obra genial. Copia y recopia, cambia colores sobre el mismo motivo… En un momento de mi visita al museo, me paré a un lado para dejar pasar a un grupo y poder ver con cierta distancia las obras de la sala en la que estaba, que era el mismo motivo en diferentes combinaciones de color: una serie. También había pequeños dibujos en trozos de papel rasgados que parecían parte de un mantel de restaurante de verano. Me reí sola. Me daba la sensación de que Picasso estaba ahí, viéndolo todo: turistas, guías, panfletos… y riéndose abiertamente. Esto me fascina y me impresiona. ¿Qué hay dentro de Picasso? ¿Y detrás? Lo de delante, ya lo veo yo.

Vicente

El color.

Vicente fue mi guía del color: descubrí que existía el color más allá de la acuarela. Colores brillantes combinados con inteligencia para conseguir el efecto deseado. El uso de los colores me resultó la parte más complicada de mi formación: en la academia de arquitectura utilizaba pasteles que me ensuciaban las manos y las uñas con el polvito molesto que se metía en todas partes. Además, odiaba la acuarela porque era demasiado light, no tenía la fuerza que yo necesitaba para pintar.

Viví en Munich en 1.998. Como estudiante de alemán del Goethe Institut y después en la LMU (Ludwig Maximilian Universität), además de trabajar como camarera para una empresa de eventos y en un pequeño teatro de la zona del Englisher Garten donde yo vivía, disfrutaba de muchísimo tiempo libre. En Munich, el trabajo termina a las 5 de la tarde y las calles y los bares, a pesar del frío, se llenan de gente para tomar una Bier. Fue en Munich donde yo aprendí que la vida se divide en dos partes: el tiempo del trabajo y el del ocio y que esta segunda parte cada uno la utiliza como quiera. No como en Madrid o en Buenos Aires, donde había vivido antes, ciudades en las que el día no tiene suficientes horas y en las que el tiempo se acaba sin haberte parado a reflexionar si lo que estás haciendo es lo que quieres hacer.

Recuerdo ahora a Gudrun. No sé qué será de ella en estos momentos. Era una energía extrema. Un ser humano, humano. Vital, consciente, creadora y escritora. Tengo su libro conmigo. Ella me lo dedicó. Lo que sé de alemán es gracias a ella. Aprobé el ZMP (Zentrale Mittelstuffenprüfung) porque ella me empujó a presentarme al examen. Decía: “María, estudias mucho, no estudies tanto y habla más. El examen es hablado, tienes que practicar”. Y tenía razón. Me ayudaba por las mañanas cuando yo volvía de correr, después del desayuno. Charlábamos de todo en alemán, sobre todo de relaciones humanas. Nos tomábamos el café y fumábamos un pitillo, de los suyos o de los míos. Daba igual, compartíamos todo. A veces volvía muerta de hambre de clase, con frío, esperando comerme las lentejas que había cocinado y guardado en la terraza porque no había sitio en la pequeña nevera del apartamento y me encontraba algún artista bohemio ruso cantando a dúo con ella a la mesa con las velas encendidas y el puchero vacío. ¡Mis lentejas al chocolate….! Y al contrario. Nada que comer ese día y encontrarme con una súper cena con ensalada (las hacía estupendas) y pollo cocinado al estilo Gudrun que era una auténtica delicia. Yo me unía a la mesa como una invitada más. Y eso no estaba incluido en el alquiler de la habitación. Pero Gudrun era así y a mí su generosidad y su equilibrio alemán me parecían a veces contradictorios. A ella le sorprendió que yo le cuidara y le preparara una compota de manzana cuando estaba enferma con gripe cuando la fiebre no le permitía comer nada. No se lo habían hecho antes, al parecer.

Ella me enseñó cosas importantes, además de alemán. Era berlinesa, de Berlín este. Me contaba cómo su padre conseguía comida para ella, su hermano y su madre para poder sobrevivir. Cómo aprendieron a pasar desapercibidos para la policía. Cómo hacerlo… Gudrun tenía un espíritu alegre. Las carencias de su infancia le habían preparado para disfrutar de lo importante de su vida: sus amigos, su pareja, su profesión como escritora, el coro de mujeres…

En fin, esto es otra historia pero forma parte de la mía y de mi vida, así que lo he incluido en este capítulo porque me ha parecido oportuno. Muchas personas saben a lo que me dedico pero casi ninguna conoce mi experiencia, porque me he pasado la mayor parte de mi vida sola y fuera de España (y ambas cosas a la vez). Por eso, la mayoría piensa que he llegado aquí por casualidad. Pero nada de nada lo es.

Bien, pues volviendo a mi vida en Munich, resulta que yo tenía mucho tiempo libre y muy poco dinero y ¿cómo llenar el tiempo ? Lo mejor de Alemania es su oferta cultural: visitaba museos. Los fines de semana eran gratis para estudiantes: Alte Pinakotek y Neue Pinakotek eran visitas normales los fines de semana. Después, nos tomábamos Yolanda la catalana, Marc el suizo y yo una helles Bier en algún Biergarten. Nos conocíamos todas las salas. Allí, en la Neue Pinakotek, ví mi primer Van Gogh: “Los Girasoles”. Me atraían la luz y el color. Fue allí también donde descubrí a Klimt, pude contemplar “Das Bunte Leben” desde arriba hasta abajo y de derecha a izquierda todo el tiempo que quise, escudriñando todos los detalles del cuadro. Desde entonces quiero ir a Rusia para ver el color de sus campos, mirar sus edificios, escuchar su música y sentir el olor…

Años más tarde, volví a disfrutar en el Thyssen de Madrid de otra obra de Vincent, “Los Lirios”. Me senté y estuve frente a ella mucho tiempo observando cómo y dónde había aplicado los colores y cómo había sacado las sombras con ese color lila-azulado y por qué utilizaba el negro para marcar los bordes. El cuadro es todo luz, como “Los Girasoles”, pero con flores mucho más tristes.

P.D.: Por si quedara alguna duda, aclaro a quién me refiero en este capítulo: Leo es Leonardo da Vinci, Vicente es Vincent van Gogh y Pablo es, por supuesto, Picasso, mi pintor de cabecera.

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